domingo, 5 de abril de 2009

A Dios rogando, y con el mazo dando

Avanzando en dirección norte por una de las principales vías de comunicación entre Serbia y Montenegro que se ha salvado por los pelos de estar contenida en los confines de Kosovo, se llega a Novi Pazar, ciudad peculiar de la que ya se hablará más adelante, desde donde sale la carretera-camino que lleva al Monasterio de Sopocani.


Es la primera vez que vamos con premeditación y alevosía a visitar un monasterio ortodoxo, y no que nos lo hayamos encontrado por casualidad y echemos un ojo. Y tenemos la gran suerte de que justo en este momento está a punto de celebrarse una misa. Así que me quedo junto al frontispicio, a fin de observar convenientemente lo que va a suceder a mi alrededor.


En primer lugar, déjenme que les hable someramente y dentro de mis limitaciones, que son muchas, de los monasterios ortodoxos.
Los monasterios ortodoxos no tienen nada que ver con nuestra idea de monasterio católico, en donde un congregación de frailes de diversa jerarquía se arrejunta y se construye por lo general un peazo chiringuito digno de borbón cualquiera. No, los monasterios ortodoxos suelen constar de una iglesia bastante pequeña para nuestros estándares, situada en el centro del conjunto arquitectónico, alrededor de la cual se articulan los edificios de los monjes (celdas, cocinas...) de no mucho mayor tamaño. Por lo demás, acostumbraban a construirlos en lugares de muy difícil acceso, sobre todo para la época, buscando la autodefensa y el recogimiento. Hoy en día ya quedan poco que conserven todo el conjunto de edificios.

En mis comparativas estoy cuando veo una barba vestida toda de negro que se me acerca con un mazo. Me sobrepasa y se dirige hacia una pieza de madera horizontal, a la que pega una serie de toques. Esta actividad se repite varias veces a lo largo de la misa, amén de tocar campanas y producir otros diversos sonidos. Dentro de la iglesia, las mujeres se sitúan a la izquierda, y los hombres, a la derecha. Yo me pongo atrás del todo y procuro no llamar mucho la atención. Pero todas ellas llevan la cabeza cubierta y claro, por el pelo muere el pez. No obstante, nadie me dice nada, así que ahí me quedo. Los monjes, ataviados de distinta forma según la jerarquía (imagino), van rotando en diferentes posiciones por el interior de la iglesia mientras entonan sus continuos cánticos. La verdad es que es un acto litúrgico bastante movido, este. Tras un tiempo que tampoco es mucho, la gente se dispone en fila a fin de ir a besar el icono que rige la iglesia, y depositar un donativo.
Yo, discretamente, voy saliendo. Y los asistentes, poco a poco, también. Fuera les aguarda el autobús que los ha traído, desde una ciudad norteña situada a considerable distancia, según la matrícula del autocar. Así que al salir se santiguan a la ortodoxa, lógicamente, y se dirigen hacia él.

Nosotros nos quedamos un poquito por los alrededores. El monasterio ha tenido mucha suerte: ha sobrevivido a quemas, abandonos y lluvias, y en él se conservan frescos del siglo XIII, pese a haber estado expuestos a las inclemencias del tiempo; frescos además que son principal exponente de una de las escuelas artísticas de la fé ortodoxa.

Tras la visita del monasterio decidimos seguir "subiendo" hacia el norte, en dirección al monasterio de Studenica, uno de los principales de Serbia y de toda la religión ortodoxa eslava del sur, y pasar la noche por algún sitio que encontremos por el camino. Pero "algún sitio que encontremos por el camino" es un pensamiento muy optimista, ya que se va haciendo de noche, cada vez más cerrada, y, por más que preguntamos en los pocos pueblos que encontramos por el camino, no hay donde dormir en esos parajes. Así que acabamos efectivamente recorriendo los más de 80 kilómetros que nos separan del monasterio (que allí significa más de dos o tres horas) y durmiendo en el hotel Studenica, sito junto al monasterio del mismo nombre, y que conseguimos encontrar a tientas después de que un perro nos ladre y nos persiga detrás del coche (¡ah, Serbia! ¡Qué distintos son tus perros de los montenegrinos, que se pasan la vida tumbados a la bartola!), porque por los caminos no hay ni una sola farola.

El hotel es un mundo aparte. Una evocación del de El Resplandor, aderezado con toques James Bond, pero de corte socialista.
En nuestra habitación hace un frío de muerte y el camarero, un señor de ya cierta edad que habla un inglés tan perfecto como si lo hubiera aprendido en el té de las cinco con la Reina Madre, nos explica que en esa época del año sólo tienen cuatro habitaciones con calefacción, y ya las han dado. Vaya, ya es casualidad.
Deben de haber decidido también dar el agua caliente sólo a las habitaciones de la calefacción, para que sea el pack bienestar, porque lo que es en nuestro baño, no la hay -lo que no ha impedido que florezca la vida-. Como detalle de bienvenida, eso sí, tenemos una araña más grande que mi puño coronándonos las camas.

Pero todo se perdona por tener la experiencia de charlar con ese camarero de serie That's English durante la cena, un camarero de verdad, profesioná, que sabe atender y charlar con el cliente a la vieja usanza, y que hace que con él, hasta los cevapcici parezcan chuletitas de cordero.

Y así cerramos el 8º día, en el que ha sido sábado, 27 de septiembre.

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Sobre el monasterio de Sopocani: página de Turismo de Serbia (en inglés)

domingo, 29 de marzo de 2009

Los verdes valles, la montaña, la frontera

La mañana se ha despertado fría en Kolasin, nada que ver con el día anterior. Pero el mundo se ve distinto con un par de huevos revueltos y unos cuantos cevapcici (cómo no) por bandera. Amigos vegetarianos, enemigos de la grasa cárnica, en verdad os digo: dejaos el orgullo torero en casa cuando acudáis a los Balcanes, y claudicad ante la onmipresencia de esas salchichas algo picantes a base de carne picada llamadas cevapcici y que en cualquier bar, restaurante o fonda del lugar os ofrecerán, ya sea como desayuno, comida o cena.

Decía yo que la vida se ve distinta con la panza llena, así que nos volvemos a subir al coche para emprender la marcha, esta vez, por carreteras que discurren entre nubes, inmensos desfiladeros, inabarcables cimas, valles repletos de verde sólo mancillados por la contínua presencia de bolsas de basura. Sí, amigos, sí, las gentes balcánicas acostumbran a seguir haciendo eso que hacían nuestras generaciones previas, sólo que en lugar de tirar los papeles y los cigarrillos por la ventanilla del coche, es directamente la bolsa de basura entera lo que regalan a la montaña.
Las cunetas y valles están regadas sin excepción por bolsas de todo color y tamaño, más y menos mugrientas, más y menos odorosas, las montañas son un gran vertedero para el que nadie parece haber previsto otro posible uso. Parece ser este, de hecho, el uso previsto con alevosía, habida cuenta de que, entre montones mayores y menores de caquita, aparece un vertedero oficial con sus limitaciones y su caseta y su guardia y todo.

Entre el cielo y la tierra, nos tropezamos también por casualidad con un par de bodas. Es curioso, ya hemos visto unas cuantas. En las comitivas de boda, el primero de los coches de la hilera lleva siempre la bandera del país, y todos los demás van decorados con flores hasta en la guantera, si me apuran.
Como en los entierros, que también discurren por la carretara (pero a pie) y la primera persona de la comitiva acostumbra a portar una cruz de madera.

Y hablando de muertos, por la carretera vamos cuando nos encontramos con el Lokiva, un antiguo complejo de esquí de cierto renombre que la guerra cerró y que, al contrario que Sveti Stefan, no parece que haya nadie interesado en que se vuelva a abrir. Actualmente se encuentra en estado de abandono. No obstante, hay coches aparcados y no se me ocurre la menos idea de qué narices podrá estar haciendo gente ahí.
Ya acercándonos a Rozaje, el hambre ataca de nuevo. Rozaje es la primera ciudad de Montenegro que se alcanza viniendo desde Kosovo, y tiene de hecho una gran cantidad de población musulmana de origen kosovar. Estamos a tan solo 23 kilómetros de la frontera kosovar, y las ganas de acercarnos son muchas. Sobre todo, porque con sólo 10 kilómetros más, llegaríamos a Pec, uno de nuestros destinos marcados para cuando entremos a Kosovo, y que está sin embargo a 78 kilómetros de Pristina, distancia que tendríamos que recorrer (pero a la inversa) una vez alcanzada la ciudad, estando ahora a una montaña de distancia. Además, muy cerca también de la frontera se encuentra Istok, zona de actuación de las tropas españolas desplegadas allí en misión de la KFOR. Y a Istok va a ser muy dificil acceder si no es ahora.
Sin embargo, nos han advertido que ni se nos ocurra acceder a Kosovo con un coche de matrícula eminentemente serbia. Así que, ocurrírsenos, se nos ocurre, pero acabamos bajando las orejas y no jugándonos las llantas.

Todo este procedimiento de te-imaginas-si-pasamos con posterior retirada de rabo entre las piernas, lo llevamos a cabo mientras ingerimos en el restaurante Kotusa, ubicado en una aldea perdida entre Berane y Rozaje.
El restaurante es muy grande y está muy bien cuidado. Dentro sólo una mesa está ocupada con un grupo de unos seis comensales, que nos miran muy raro al entrar. Al camarero tampoco debemos de hacerle mucha gracia, porque nos atiende con cierto gesto reseco.
En plena ingesta nos encontramos cuando al restaurante acceden tres personas, dos hombres y una mujer, a los que el camarero saluda y guía hacia la otra mesa ocupada. Los tres, al entrar, nos miran muy raro. Una de las personas de la otra mesa los saluda, se incorpora, y los guía hacia el piso superior, de donde descienden todos al cabo de unos 15 minutos.
Mamamiedo.
Entre aspectos y gestos, parecía que en cualquier momento fueran a sacar un subfusil y presentarse en sociedad.

Conviene aquí quizá mentar que no cuenta esa zona del sureste de Montenegro con excesiva buena prensa. De entre las ramas de polemólogos, periodistas e historiadores que estudian las guerras de los Balcanes, hay una bastante refrendada que defiende que el ELK (Ejército de Liberación de Kosovo), ese que luchaba contra las opresoras tropas serbias y para el que la OTAN corrió solícita en su ayuda, no era más que un grupo de paramilitares que se nutría en gran medida del narcotráfico. Una vez terminada la guerra, gran parte de ellos han acabado en política (no faltan en el actual gobierno kosovar), y los demás, pues han acabado haciendo turismo y expresando su interés por las fincas de José Luis Moreno, entre otros. Es decir: gran parte de los integrantes de esos grupos armados que actualmente se dan con unción al secuestro express en este nuestro país y al robo con intimidación, siendo "intimidación" un eufemismo, son bandas albanokosovares que provienen de ese ELK de tiempos.
Volviendo al asunto: el narcotráfico sigue existiendo (de ello vive el país, hasta que EEUU acabe de instalarse ahí del todo, aunque ya volveré más adelante sobre este particular). Y por otra parte, esas gentes y esas armas tienen que salir de ahí por algún sitio. En resumen: si bien Albania es el otro patio de recreo de toda suerte de actividades delictivas, la zona del sureste de Montenegro es una zona también, digamos, "difusa".

De tal forma que a mí de repente me entran muchas ganas de terminar de comer rápido por si las moscas, no vaya a ser que el Kalashnikov que he prometido traerle a Irene de recuerdo se lo tenga que traer en forma de informe balístico, así que pongo mi mejor sonrisa y le digo al camarero que no quiero postre la cuenta muchas gracias.

Nos marchamos ya de tan ilustre comedero, y seguimos avanzando hacia la frontera con Serbia (sob!), habiéndonos asegurado ayer que la carretera principal discurre por zona puramente serbia y no toca nada nada zona kosovar (aunque por cuestión de metros, añado).

Al alcanzar la frontera, el guarda del puesto montenegrino nos sella el pasaporte, adiós muy buenas esperamos que lo hayan pasado bien, y como siempre, unos metros más allá, se encuentra el puesto serbio. Con una particularidad, y es que en el puesto serbio no hay nadie. Hay cartel de bienvenido a Serbia. Pero no hay nadie.
Huy la leche.
Miramos por su alrededor, y definitivamente no, no hay nadie. Decidimos avanzar un poco con el coche. Por ahí empiezan a aparecer casas y vida normal, y sigue sin haber ningún guardia por ninguna parte. A los 10 kilómetros más o menos, decidimos dar la vuelta y preguntarle al guardia de Montenegro, acompañados de una pequeña vicisitud, y es que ahora mismo no existimos. Tenemos un sello de salida de Montenegro. Pero no tenemos un sello de entrada en Serbia. Así que somos ilegales en Serbia. Y no está claro si podríamos entrar en Montenegro, puesto que no tenemos sello de salida de Serbia. Entiendo que para el que tenga por costumbre pulular por la UE y no andar a vueltas con visados ni sellos, esto le sonará a chino. Pero puede quedarse con la gráfica idea de que, repito: ahora mismo, no existimos.
Así que mi natural, gafe, que tiene tendencia a acabar envuelto en las situaciones más inverosímiles y no siempre deseables, se empieza a poner muy nervioso. Alcanzamos de nuevo la frontera montenegrina. El guardia nos mira como diciendo joé estos otra vez aquí qué pesaos madre por dios, mientras yo, con los ojos fuera de las órbitas y la voz ahogada, le hago entender que no hay guarda serbio que no hay puesto fronterizo que no hay sello que no hay Serbia y que la vida se acaba aquí y ahora en este mismo punto mire usté. Y él que sí hombre que sí que tira palante que no seáis pesaos que vosotros tó palante y al final hay un guardia, joé. Así que aunque a mí me gustaría quedarme ahí agarrada a su pierna y rogarle señor guardia mónteme usté en un avión y mándeme a casa con mi mamá, me siento inconfundiblemente invitada a pirarme tó palante. Y palante nos vamos.

Una casa.
Otra casa.
Un pueblo.
Otro pueblo.
Y al final, 15 kilómetros más adelante, una casa con una bandera y un tipo con traje de señor guardia que nos para, nos pide los pasaportes y nos pone sello de entrada a la República Serbia.
Por fin, Señor Guardia, nunca en mi vida había deseado tanto encontrarme con uno de ustedes.

Ya estamos de nuevo en Serbia. Hala, mira qué felices. Y nos dirigimos hacia nuestro primer monasterio eminentemente serbio y uno de los más importante de la fe ortodoxa de la zona: el monasterio de Sopocani. Y mientras tanto, me llama la atención esa especie de zona de nadie en la que, estando en terreno serbio, no hay autoridad que la regule mediante sellos.

sábado, 21 de febrero de 2009

Día 7: Impredecible Montenegro

Un tal Napias ha dejado un comentario en el artículo anterior al respecto de la perfidia e inconveniencia de ir avanzando etapas de higos a brevas en este nuestro Astrolabio. Es cierto, tiene toda la razón. En mi defensa sólo puedo decir que la vida laboral es algo muy malo que el Hombre ha inventado con el fin último de que el ser huano no se ocupe del Astrolabio como es debido. Pero mea culpa, en cualquier caso. Imploro mil perdones al Sr. Napias, y paso sin más dilación a seguir con lo que estaba:


Día 7: Impredecible Montenegro

Montenegro es algo de lo que todavía no han sacado folleto en las agencias masivas de viaje. Pero ay, el día que lo saquen. Aprovechad ahora, en que todavía en un discreto y tranquilo reducto mediterráneo, protegido de las masas hispánicas por el desconocimiento y esa relación psicológica con la Serbia que quiso ser y no fue. Esa imagen de la viejecilla vestida de negro con un pañuelo del mismo tono frente a una urna electoral, que se le aparece a uno cuando piensa en Montenegro. Porque el día que Marsans edite el tríptico sobre este país, tanto él como nosotros estamos perdidos.

Regresando a esa mañana del 26 de septiembre, nuestros protagonistas han vuelto a cargar el coche para seguir costa abajo, después de esquivar un par de abejas mientras disfrutaban del excelente desayuno del hotel en el malecón. A poquitos kilómetros de Perast regresamos a Kotor, que sí debe de aparecer en los folletos turísticos alemanes, porque está hasta arriba.

Kotor es harina de otro costal. Recuerda bastante a Split, o incluso a Dubrovnik (lo que no le quita mérito), aunque quizá tenga un aire más medieval que este último. Ciertamente, estética y arquitectónicamente es muy bonito. Pero ya son conscientes de los ingresos que da el turismo y, aparte de ser todo él una zona azul de aparcamiento, en los hoteles y restaurantes se puede encontrar incluso quien hable algo de español.

Nosotros nos vamos pronto de Kotor. Es precioso, es cierto, pero tras una hora o dos en la ciudad seguimos muy embargados del espíritu Perast. Y del ticket del aparcamiento, que no concibe franjas para el pago.

Carretera alante, decidimos prescindir de Budva, un Torremolinos donde esta noche toca Madonna, y llegamos directamente a Sveti Stefan.
Sveti Stefan es, junto a la Quinta da Regaleira sita en Sintra (Portugal), uno de los lugares más inverosímiles que haya concebido la mente humana.


Digamos que se trata de un islote frente a la costa, unido a ésta por un brazo de tierra artificial, y todo amurallado por efecto de la unión de las fachadas de las casas entre sí.
Comenzó siendo un pueblucho de pescadores, si es que llegaba a pueblucho. Dejémoslo en "asentamiento de pescadores". Hace algo más de 50 años, alguien tuvo la idea de transformarlo, todo el islote, en hotel de lujo, restaurándolo y haciendo de las casas habitaciones o suites, dejando una de las de la entrada a modo de recepción, y otras como instalaciones comunes. Las guerras de la antigua Yugoslavia hicieron que el hotel se resintiera y acabara cerrándose. Actualmente se está restaurando y renovando, de tal forma que, aunque estuvimos allí, no pudimos acceder al interior del islote, por las obras. Se queda uno frente a una reja al final del brazo de tierra, imaginándose al galope qué maravillas encerrará esa callecilla adoquinada por la que se adentra el albañil de mono azul. He encontrado así un nuevo objetivo en la vida: ahorrar muchísimo dinero y gastarme una millonada allí en una sola noche cuando el hotel vuelva a abrirse al público (que es lo que debe de costar la estancia, supongo). Como en general me fijo muy pocos objetivos, digo yo que tendré que cumplirlo.

Mientras tanto, hemos fijado la ruta para hoy. Bajaremos hasta la carretera que atraviesa el Lago Skadarska, casi en la frontera con Albania, atravesando las marismas, hasta llegar a Podgorica, y continuar luego por las montañas hasta donde nos apetezca pasar la noche.

De camino hacia Skadarska, en una de las gasolineras donde nos detenemos a dar de comer al coche, me topo con un detalle que jamás creí que verían mis ojos: el brazo del tipo que nos echa la gasolina tiene un tatuaje del JNA.

El JNA era el ejército yugoslavo, cuya reputación salió muy mal parada debido a su actuación en la guerra. El JNA, mayoritariamente formado por soldados serbios, tomó parte activa pro-serbia en las diversas guerras, atacando así objetivos croatas y bosnios. En el legado para la historia, ha quedado pues como una fuente de violencia gratuita y casi disfrutante que tuvo mucho que ver con lo que también para la historia han quedado como genocidios perpetrados por los serbocroatas y serbobosnios. Otros argumentan que el JNA era el ejército yugoslavo y, como tal, defendía a Yugoslavia de los independentistas que se erigieron en independientes de forma unilateral. Como siempre ocurre y nunca se considera oficialmente, todos tendrán su parte de razón. Y utilizo ese futuro de indicativo tan desvinculante por mera costumbre: yo activamente creo que todos tienen su parte de razón. Y quizá debería iniciar un blog de otro calibre en el que poder mojarme más en "política histórica", por llamarlo de alguna forma, porque el Astrolabio, por lo general, no se presta más que a meras pinceladas.

En esas reflexiones estoy cuando llegamos a las marismas del Lago Skadarska, que, la verdad, tampoco nos impresionan tanto. Así que paramos a estirar las patitas y a ver cómo unos empujan una camioneta que se ha quedado atascada en la arena, y esa es toda nuestra experiencia para con el lugar. También sorprende ver coches sin matrícula, como lo más normal del mundo.


Accedemos a la ciudad de Podgorica, antigua Titograd (en honor del dictador-dirigente de Yugoslavia Tito, fallecido en 1980, y según la mayor parte de las teorías, único garante de la unidad de todas estas repúblicas). Podgorica-Titograd fue principalmente desarrollada tras la II Guerra Mundial, con fines principalmente administrativos, y arrebató la capitalidad de la república a Cetinje en 1948. Sus calles evocan recuerdos de Usera u Orcasitas, o cualquier otro barrio en España desarrollado en la periferia entre los años 50 y 90, así que, imbuidos del paisaje dejado atrás y la naturaleza que nos espera delante, no hacemos más que atravaserla. Recordemos que nos aguardan las montañas, considerablemente deshabitadas, donde nos va a caer encima la noche.

Por ellas y el cañón del río Moraca seguimos conduciendo, admirando esos bosques como antes no los he visto, esos paisajes, esos puentes de troncos de madera a cientos de metros de altura, y esas carreteras de un solo y estrecho carril para cada sentido donde nunca antes había visto tanto Hamilton junto. Yo, de natural cagón para con la conducción, procedo a ejercer de tal. Y encima se nos está haciendo de noche. Pues hay que llegar hasta Kolasin, que es el primer pueblo con cierto número de habitantes como para figurar en los mapas.

Allí llegamos ya de noche, y decidimos alojarnos en el hotel Brile, en pleno centro de este "resort" de esquí que es Kolasin, aunque aún no es temporada y está todo muy tranquilo. Eso sí: a la primera casa de alquiler de habitaciones a la que nos dirigimos, nos dicen que están a full.
El hotel es una gozada y, si bien lo había más barato, decidimos darnos el capricho. La habitación, abuhardillada a la francesa, es enorme y en el baño basta con abrir el grifo para obtener agua caliente al instante. Además, ¡tienen dada la calefacción! Los que allí trabajan nos son además tremendamente amables, permitiéndonos mirar internet en el ordenador del hotel, y atendiéndonos de forma excelente en el restaurante. La vista a la plaza central del pueblo, con su monumento socialista presidiendo y su centro de deportes de la misma época, tampoco tiene parangón.
De los mismos dueños y por menos precio es el hotel Garni, al que se accede a través de un bar y cuya recepción está al final del mismo. Las habitaciones también están muy muy bien. Y es toda una experiencia atravesar ese bar, lleno de juveniles parroquianos, siendo tú el (la) guiri.



Bueno, amigo Napias: no te podrás quejar. Te he dado párrafos pa dividir en tres días. Por mi parte, me lo apunto, y trataré de actualizar el asunto con más diligencia. Por lo demás, confieso sonrojada que me colma de gozo descubrir que, contra pronóstico, existe un lector en este blog que no es mi madre.

domingo, 25 de enero de 2009

Días 6/7: Perast Mon Amour

Perast significa colarse en una aldea de la Italia del Renacimiento, que a ratos salta a una película de los 60. Es el último reducto virgen del Mediterráneo, la única noche con silencio, los únicos hoteles de 6 habitaciones, las últimas calles de adoquín sin aderezo. Perast es la sorpresa en la que debe sumergirse aquel que quiera separarse del mundo y de sí mismo, antes de que los botes cargados de grupos de turistas dejen de venir sólo para dar un breve paseo por el malecón como parte de una excursión, y vengan para quedarse. Y los callejones se multipliquen y las paredes se fabriquen en serie y con pladur. Esperemos que la Unesco lo evite, siendo como es patrimonio suyo.



Por si a aquel que lo conozca pudiera servirle de referencia, diré que Perast se parece un tanto a la isla de Hvar en Croacia, pero en más pequeño todavía. Y en menos explotado, por supuesto.


Nos alojamos en el primer hotel que se encuentra llegando desde Kotor. Los perastinos son conscientes de ser lo que son y aplican precios europeos. Pero lo merece. Salimos a dar una vuelta y a conocer a un nuevo amigo canino que, por supuesto, nos sigue. Curiosa costumbre la de los canes balcánicos. Tras el paseo, decidimos entrar a cenar en el acogedor restaurante del hotel, para proceder a la ingesta de lo que serían uno de los mejores platos de mejillones que probablemente yo haya probado en mi vida, y de arroz negro. No puede haber forma más feliz de irse a la cama.

Al día siguiente, nos permitimos una tregua atemporal para disfrutar de Perast con la luz del día, el tiempo que haga falta, hasta que decidamos hacer el petate y seguir costa abajo, hacia el Sur. Así que desayunamos tranquilamente en la terraza sobre el mar que tiene el hotel, pateamos de nuevo hacia arriba y hacia abajo sus calles, y prestamos atención a los detalles de sus antiguos palacetes. Perast es tan hermoso de día como sugería de noche. Y casi como aureola rodeando su excepcionalidad, resulta ser la única jornada de pleno sol y calor que hemos tenido (y tendremos) en el viaje.


Esta mañana está siendo 26 de septiembre de 2008

lunes, 29 de diciembre de 2008

Día 6: Montenegro, ese desconocido

Lo primero que debe saber el viajero que se dirija a Montenegro es que la moneda oficial de curso legal es el euro. Porque ellos lo valen. Lo que te da un cajero en el banco son euros. Lo que te devuelve el frutero del tenderete son euros. El precio al que figura la gasolina en los surtidores son euros. De dónde los sacan, no lo sé.
También lo son en Kosovo, pero bueno, ellos pueden tener la excusa de ser esa suerte de protectorado inaugurado por Naciones Unidas. Pero en Montenegro, no. En Montenegro no se me ocurre excusa posible.

Así que nos resulta curioso llegar al fantasmagórico Hotel Piva y que Igor nos pida 40 y tantos euros (entre otras cosas, porque eso allí, en un sitio perdido del interior de Montenegro, es bastante dinerete). Una vez hemos tomado posesión de la habitación, nos disponemos a dar una vuelta por la calle y media de Pluzine, y finalmente nos dirigimos a cenar en el restaurante Carina Socica, que es lo único que le tengo que agradecer a la guía que llevábamos.

Permítanme realizar aquí un inciso. Tanto para Serbia como para Montenegro, siguiendo la recomendación de un amigo, decidí adquirir las guías Bradt. Bien. Recuerden unas notas mentales muy básicas para acertar a este respecto: Guía Bradt de Serbia bien, Guía Bradt de Montenegro caca. La buena señora que ha escrito esta guía (una tal Annalisa Rellie) incluye una enorme retahíla de reseñas históricas del siglo XIV, pero ha debido de considerar que el siglo XX no resulta tan importante para el viajero (a fin de cuentas, es probable que el viajero haya vivido en él, así que ya se lo sabe). Y no dice ni pio al respecto. Por lo demás, en unas guías que se presentan a sí mismas un poco como alternativa a las Lonely Planet y que en su mayoría suelen incluir alojamientos apropiados pero baratitos, esta señora se limita a incluir hoteles de 5 y 4 estrellas principalmente (y alguno que otro de 2 que se le habrá escapado). Como es muy previsora, incorpora incluso hoteles que van a abrir sus puertas en 2010, como ella muy bien indica. En fin. No quiero seguir despotricando contra la guía y contra la doña que la parió: ya lo hice durante el viaje. Pero ustedes quédense con la idea: Guía Bradt se Serbia bien, Guía Bradt de Montenegro caca.
Fin del inciso.

Efectivamente, en el restaurante Carina Socica se come bien y es muy mono. Concluimos, y nos vamos a pernoctar (con forro polar, de nuevo, porque en la ex-Yugoslavia no se da la calefacción hasta el 15 de octubre, aunque caigan chuzos de punta).

A la mañana siguiente, emprendemos la marcha hacia Cetinje, la antigua capital del país. Al salir de Pluzine, eso sí, tenemos ocasión de ver aquello de lo que nos habían hablado: un campamento de refugiados (supongo que serbo-kosovares, aunque no lo puedo asegurar), que viven en una especie de apartamentos prefabricados, un gran número de ellos, a la orilla del río. Impacta.

La carretera de Pluzine - Niksic - Podgorica es curiosa. Está salpicada de monumentos de época socialista aquí y allá, de los que en otras repúblicas ya quedan pocos. Hay también mucha gente haciendo auto-stop: el sistema de Vesna debe de ser de lo más normal. Tras tomar un desvío casi llegando a Podgorica, accedemos a la carretera hacia Cetinje y llegamos a la ciudad.


Cetinje es una burbuja encantadora que uno no se espera. Chiquitito, como una aldea para nosotros, fue la capital de esta minúscula república (en cuanto a número de habitantes) hasta 1948, en que Podgorica (la antigua Titograd) pasó a ostentar ese rango. Sigue siendo no obstante la capital cultural del país, en los referentes de los montenegrinos.

Merece la pena pues perderse por sus calles, en las que se descubrirán preciosos edificios correspondientes a antiguas embajadas, monasterios de increíble belleza, casitas de cuento...

En una de las calles del centro nos detenemos a comer (en un restaurante de parroquianos llamado Obelix), mientras cae un aguacero sin igual. Y, una vez visitada la ciudad y llenada la panza, continuamos hacia Perast.

La carretera entre Cetinje y Kotor - Perast es una de las atracciones del país, si me apuran. Todas las guías, oficinas de turismo y varios la resaltan. Eso sí: no es apta para aquellos susceptibles de marearse. ¿Recuerdan el anuncio de la Biodramina? Pues son las mismas carreteras, pero con las eses más de seguido. Eso sí: las vistas de la bahía de Kotor que se observan desde lo alto no tienen precio.

Abajo del todo, en la ribera, se distinguen las ciudades de Kotor y Perast, entre otros pequeños pueblos pesqueros. Nuestro objetivo es el segundo, donde pasaremos la noche, así que atravesamos Kotor y su ingente parque automovilístico y, bordeando la orilla del mar (porque todo ese enorme brazo de agua es mar) conseguimos atracar en puerto.



Hoy ha sido jueves, 25 de septiembre de 2008.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Caminante, no hay camino

Tras nuestro paso por Gorazde, seguimos remontando el río Drina camino de Foca, a donde llegamos después de recorrer unos 30 km más. Foca será nuestra última parada en Bosnia antes de cruzar la frontera con Montenegro. Si Willy se dio la vuelta al mundo en 80 días, nosotros hemos atravesado un país en uno solo.

Es curioso acercarse a Foca viniendo desde Gorazde. En los pueblos que hemos ido atravesando, pequeñitos, sólo hemos visto mezquitas, pero en Foca vuelve a aparecer Serbia en toda su plenitud: iglesias ortodoxas, todo vuelve a estar escrito en alfabeto cirílico, renacen los colores nacionales serbios y serbo-bosnios (azul, blanco y rojo) en banderines y posters... Para colmo, debemos de estar en elecciones. Es curioso cómo por los simples colores que se usen en un cartel se puede identificar perfectaente el cariz del partido que lo protagoniza.
En Foca vuelve a aparecer también lo que yo he dado en denominar "quemazón selectiva", y es que aún se aprecian las casas que, rodeadas de muchas otras que no, fueron quemadas. Se aprecia porque siguen constando de apenas un par de fachadas, principalmente.

Pero es por la espalda y sin avisar cuando me asalta una imagen que ya conozco. Al cruzar un pequeño puente situado a la entrada de la ciudad, se yergue frente a mí un edificio que ya he visto antes. "Eso es la comisaría de policía", comento a mi acompañante.
Sobre este edificio se departía en un documental que ví en la filmoteca de La Haya, durante un ciclo que desarrollaron junto a la embajada francesa titulado "Cine y justicia". Según el documental (de nombre Carnival), Montenegro, que oficialmente se declaró neutral durante la guerra de Bosnia (aunque en la época no constituía una unidad independiente, sino que, junto a Serbia, constituía una todavía existente aunque diezmada Yugoslavia), no tuvo un comportamiento digno de elogiar durante la contienda. Al parecer, algunos de los refugiados que huyeron a Montenegro fueron deportados por la policía entre Mayo y Junio de 1992, y acabaron como prisioneros en Foca. Un periodista de Montenegro sacó a la luz estos casos años después, lo que llevó a la apertura de procesos judiciales. El periodista cuantificó un total de 83 refugiados asesinados y lanzados a las aguas del Drina desde esa localidad.

Nosotros decidimos aparcar precisamente frente a esta comisaría-centro de detención y dar un pequeño paseo por la ciudad. Aún nos queda mucho camino hasta llegar a donde hemos de pasar la noche: Pluzine, en plenas montañas montengrinas. Observamos una preciosa iglesia ortodoxa, observamos una valla con un cartel explicativo de lo que debía de ser la mezquita que se hallaba tras ella antes de desaparecer, y charlamos con un par de lugareños al respecto de la mejor forma de acceder a la carretera hacia la frontera -forma que muy amablemente nos indican-.
Así las cosas, reemprendemos la marcha, y tomamos la carretera hacia Montenegro. De aquí a la frontera hay unos escasos 18 kilómetros.

Pero la carretera hacia Montenegro es un camino que en ciertos tramos es, de hecho, de tierra. Esta no puede ser la carretera. A ver si nos hemos equivocado. Pero es que tiene que ser esta. Mira, el río queda a la derecha. Tiene que ser esta. Pero cómo va a ser esta. Una carretera señalizada de la red principal, cómo va a tener un límite de velocidad de 10 km/hora. Huy la leche.

Lo que parecían unos simpes 18 kilómetros hasta la frontera se torna en una carrera de obstáculos sorpresa: tan pronto tenemos que parar a esperar a que un grupo de ovejas terminen de beber en los charcos y se aparten, como tenemos que bajarnos a quitar piedras del camino, que se han desprendido y no podemos atravesarlo, como tenemos que agradecer el hecho de que a las vacas les haya dado por ir por un lado del camino, porque si les da por plantarse en medio, todavía estamos allí. Por cierto, ¿cómo vamos de gasolina? Ay dios mío que no se nos acabe la gasolina, prometo comerme la berenjena si no se nos acaba la gasolina.

Después de mucha expectación y plegaria, alcanzamos a divisar la frontera, a lo lejos, abajo, en el cañón del río. ¡Yúju! ¡Era esta la carretera! ¡Por fin! Pasamos a Montenegro, y la vía se convierte por arte de magia en transitable. Y admirable. De nuevo es más rápido ir en coche que ir andando. Aunque ya se nos ha hecho de noche, y es una pena no poder admirar el paisaje. Especialmente, el imponente lago Pivsko, junto al que discurre la carretera.

Nada más pisar Montenegro, tenemos que pagar una nueva ecotasa (esta vez, de 10 euros), y tras 22 kilómetros que se nos van en un abrir y cerrar de ojos, llegamos a nuestro destino por esta noche: el hotel Piva. El hotel donde debieron de inspirarse los creadores de películas de zombies de serie B.


Pero este relato os lo dejo para otro día.

sábado, 13 de diciembre de 2008

Día 5. Gorazde, zona protegida

(24 de septiembre de 2008)

A unos 36 km. de Visegrad se encuentra Gorazde.

Gorazde es una burbuja musulmana en el cristal serbio de la Republika Sprska. Es una ciudad que durante toda la guerra consiguió no caer en manos serbias, estando, como está, en medio de su franja. Esto se debió en gran parte a que, ya antes de la guerra, era una ciudad con mayor concentración musulmana (bosníaca), y a que durante la misma gran parte de los bosníacos obligados a emigrar de sus zonas fueron en esa dirección, lo que aumentó la población de esta "etnia" (disculpen, me cuesta mucho en general utilizar la palabra "etnia" sin comillas). No obstante, sufrió, dada su condición de zona totalmente rodeada de tropas serbias asediantes, una continua agresión de estas, que en una de sus ofensivas estuvieron de hecho a punto de "conquistarla".

En un determinado momento de la guerra (mayo del 93), la ONU, que se posicionaba como actor neutral en el conflicto, estableció una serie de zonas o enclaves protegidos, relacionadas con las zonas en las que la mayoría de la población seguía siendo bosníaca o croata, pero estaban situadas dentro de la franja de control serbo-bosnia (y, por consiguiente, podían resultar muy golositas para éstos). Estas zonas protegidas fueron 6: Bihac en el noroeste, Tuzla en el noreste, Sarajevo (la capital del país), Zepa y Srebrenica en el este, y Gorazde en el sureste. Se suponía pues que estas eran zonas protegidas por la ONU en la que la seguridad de sus habitantes y ocupantes (porque contenían multitud de desplazados) estaba garantizada.

Lo más probable sea que Srebrenica les suene de algo. Supuso la que todavía hoy es una de las mayores vergüenzas de la ONU. Por abreviar, podríamos decir que los efectivos serbo-bosnios pasaron por la quilla a unos cuantos miles de bosníacos en menos de tres días. Las cifras difieren según quién las cuente. La tele occidental nos vendió y nos vende que fueron más de 8.000, los serbios, que apenas 3.000, como siempre, la cifra real estará en el medio, pues cada bando tiene su efectiva propaganda. Pero lo llamativo del caso es que sucediera en julio del 95, cuando Srebrenica era una "zona de seguridad" protegida por tropas de la ONU; da igual que hubieran sido diez: es la situación lo que hace de Srebrenica una matanza tan inverosímil, además de espeluznante. Inciso: una de las acusaciones más graves que pesa sobre el recientemente detenido y extraditado Karadzic (líder político de los serbo-bosnios en la época) es la de ser autor moral del suceso de Srebrenica, y a Mladic (líder militar de los serbo-bosnios), el criminal de guerra que queda en búsqueda "prioritaria" por parte del Tribunal Internacional para la Antigua Yugoslavia, se le acusa de ser el brazo ejecutor. Cierto es que los otros bandos también tuvieron sus Mladic, pero nunca ha ocurrido en la historia que se juzgue a los vencedores.

Volviendo al asunto: sobre los porqués de las cosas, podríamos establecer ahora un debate de varias páginas. La coletilla fácil es que los soldados holandeses, a los que había tocado estar allí como a los españoles les tocó Mostar, "no hicieron nada". Si nos adentráramos un poco más en la cuestión, veríamos que los soldados holandeses eran tres gatos frente a los efectivos que poblaban las fuerzas serbo-bosnias, que según el mandato oficial de la ONU no se podía usar las armas si no era en defensa propia, que tampoco estaban dotados en toda su necesidad por parte de los responsables indirectos, y que para más INRI algunos de los soldados holandeses fueron secuestrados previamente. Y entonces podríamos ponernos en la piel del oficial holandés de la ONU a cargo de Srebrenica y ver qué hubiéramos hecho nosotros.

Pero volviendo de nuevo al asunto, que me enrollo y no hay quien me pare, amigos. El tema es que esas zonas protegidas hacía tiempo que se habían convertido en pura mitología. Zepa ya había caído en manos de los serbo-bosnios, Srebrenica también, Sarajevo estaba rodeada de morteros y francotiradores... y Gorazde no tenía garantía ninguna. Por no tener, no tenía ni visibilidad internacional apenas, existiendo como existía el maná Sarajevo para los telediarios y las mentes ocidentales.

Cuando finalmente la ONU, por diversos motivos (entre ellos, una cuestión de credibilidad) acuerda bombardear las formaciones serbo-bosnias y la guerra termina, Gorazde se encontraba en un momento de tremenda expectativa. Dada su situación geográfica (que se puede observar en el mapa de dos "post" más abajo), se hablaba de la posibilidad de intercambiarla por mayor espacio alrededor de Sarajevo durante las conversaciones de Dayton que habrían de concluir en un tratado de paz que fijara las fronteras internas. Intercambiar Gorazde, cederla a la Republika Sprska, a la zona serbia de Bosnia, a cambio de mayor territorio alrededor de Sarajevo (que es casi limítrofe con la Republika). Finalmente este intercambio no se dio, y así vemos que en el mapa actual Gorazde se encuentra a modo de isla al final de un pequeño corredor que la conecta con Sarajevo.
Gorazde es, pues, el único territorio eminentemente bosnio por el que íbamos a cruzar, y se aprecia. Aparecen los pañuelos en las cabezas femeninas, son más frecuentes las mezquitas, desparecen los colores serbios decorativos de fachadas y postes. Se subraya su identidad, a fin de que subsista en el inhóspito ecosistema que lo rodea (como sucede en todo lugar que se encuentre en situación similar, como por ejemplo, los enclaves serbios de Kosovo, donde la situación es parecida pero a la inversa).

Resultó para mí una interesante representación a escala de lo que yo percibí que era Yugoslavia hoy: una amalgama de gentes más parecidas de lo que quisieran que se aferran a todo aquello que los identifique como distintos.
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Para el que le gusten los comics, el periodista Joe Sacco, que cubrió la guerra de Bosnia, publicó uno llamado Zona protegida Gorazde (entre otros). Tiene algunos fallos de mero conocimiento del terreno (como indica en la introducción de la versión en castellano Francisco Veiga, uno de los mejores conocedores de la cuestión balcánica en España) y es, sobre todo y a mi juicio, bastante lioso si uno no anda muy versado en el tema y le interesan realmente los cuándos y por qués. Pero sí da una idea certera de lo que aquella gente de Gorazde debió de pasar (por dentro y por fuera).

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NOTA: En esta ocasión, las fotos no son mías ni de el Que Me Acompaña. La primera está extraída de www.drewsullivan.com, una página sobre senderismo, y la segunda, de www.savoheleta.com