domingo, 5 de abril de 2009

A Dios rogando, y con el mazo dando

Avanzando en dirección norte por una de las principales vías de comunicación entre Serbia y Montenegro que se ha salvado por los pelos de estar contenida en los confines de Kosovo, se llega a Novi Pazar, ciudad peculiar de la que ya se hablará más adelante, desde donde sale la carretera-camino que lleva al Monasterio de Sopocani.


Es la primera vez que vamos con premeditación y alevosía a visitar un monasterio ortodoxo, y no que nos lo hayamos encontrado por casualidad y echemos un ojo. Y tenemos la gran suerte de que justo en este momento está a punto de celebrarse una misa. Así que me quedo junto al frontispicio, a fin de observar convenientemente lo que va a suceder a mi alrededor.


En primer lugar, déjenme que les hable someramente y dentro de mis limitaciones, que son muchas, de los monasterios ortodoxos.
Los monasterios ortodoxos no tienen nada que ver con nuestra idea de monasterio católico, en donde un congregación de frailes de diversa jerarquía se arrejunta y se construye por lo general un peazo chiringuito digno de borbón cualquiera. No, los monasterios ortodoxos suelen constar de una iglesia bastante pequeña para nuestros estándares, situada en el centro del conjunto arquitectónico, alrededor de la cual se articulan los edificios de los monjes (celdas, cocinas...) de no mucho mayor tamaño. Por lo demás, acostumbraban a construirlos en lugares de muy difícil acceso, sobre todo para la época, buscando la autodefensa y el recogimiento. Hoy en día ya quedan poco que conserven todo el conjunto de edificios.

En mis comparativas estoy cuando veo una barba vestida toda de negro que se me acerca con un mazo. Me sobrepasa y se dirige hacia una pieza de madera horizontal, a la que pega una serie de toques. Esta actividad se repite varias veces a lo largo de la misa, amén de tocar campanas y producir otros diversos sonidos. Dentro de la iglesia, las mujeres se sitúan a la izquierda, y los hombres, a la derecha. Yo me pongo atrás del todo y procuro no llamar mucho la atención. Pero todas ellas llevan la cabeza cubierta y claro, por el pelo muere el pez. No obstante, nadie me dice nada, así que ahí me quedo. Los monjes, ataviados de distinta forma según la jerarquía (imagino), van rotando en diferentes posiciones por el interior de la iglesia mientras entonan sus continuos cánticos. La verdad es que es un acto litúrgico bastante movido, este. Tras un tiempo que tampoco es mucho, la gente se dispone en fila a fin de ir a besar el icono que rige la iglesia, y depositar un donativo.
Yo, discretamente, voy saliendo. Y los asistentes, poco a poco, también. Fuera les aguarda el autobús que los ha traído, desde una ciudad norteña situada a considerable distancia, según la matrícula del autocar. Así que al salir se santiguan a la ortodoxa, lógicamente, y se dirigen hacia él.

Nosotros nos quedamos un poquito por los alrededores. El monasterio ha tenido mucha suerte: ha sobrevivido a quemas, abandonos y lluvias, y en él se conservan frescos del siglo XIII, pese a haber estado expuestos a las inclemencias del tiempo; frescos además que son principal exponente de una de las escuelas artísticas de la fé ortodoxa.

Tras la visita del monasterio decidimos seguir "subiendo" hacia el norte, en dirección al monasterio de Studenica, uno de los principales de Serbia y de toda la religión ortodoxa eslava del sur, y pasar la noche por algún sitio que encontremos por el camino. Pero "algún sitio que encontremos por el camino" es un pensamiento muy optimista, ya que se va haciendo de noche, cada vez más cerrada, y, por más que preguntamos en los pocos pueblos que encontramos por el camino, no hay donde dormir en esos parajes. Así que acabamos efectivamente recorriendo los más de 80 kilómetros que nos separan del monasterio (que allí significa más de dos o tres horas) y durmiendo en el hotel Studenica, sito junto al monasterio del mismo nombre, y que conseguimos encontrar a tientas después de que un perro nos ladre y nos persiga detrás del coche (¡ah, Serbia! ¡Qué distintos son tus perros de los montenegrinos, que se pasan la vida tumbados a la bartola!), porque por los caminos no hay ni una sola farola.

El hotel es un mundo aparte. Una evocación del de El Resplandor, aderezado con toques James Bond, pero de corte socialista.
En nuestra habitación hace un frío de muerte y el camarero, un señor de ya cierta edad que habla un inglés tan perfecto como si lo hubiera aprendido en el té de las cinco con la Reina Madre, nos explica que en esa época del año sólo tienen cuatro habitaciones con calefacción, y ya las han dado. Vaya, ya es casualidad.
Deben de haber decidido también dar el agua caliente sólo a las habitaciones de la calefacción, para que sea el pack bienestar, porque lo que es en nuestro baño, no la hay -lo que no ha impedido que florezca la vida-. Como detalle de bienvenida, eso sí, tenemos una araña más grande que mi puño coronándonos las camas.

Pero todo se perdona por tener la experiencia de charlar con ese camarero de serie That's English durante la cena, un camarero de verdad, profesioná, que sabe atender y charlar con el cliente a la vieja usanza, y que hace que con él, hasta los cevapcici parezcan chuletitas de cordero.

Y así cerramos el 8º día, en el que ha sido sábado, 27 de septiembre.

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Sobre el monasterio de Sopocani: página de Turismo de Serbia (en inglés)

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